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Triangulos de la Muerte

Mayo 7, 2008

 

No es fre­cuente que las desapariciones inexplicadas de barcos se produzcan en un río, práctica­mente a la vista de todos, o en los muelles de un puerto concurrido. Suelen producirse en el interior de los mares, cerca de los abismos, lejos de las costas. Y, sin embargo, el “Iron Mountain”, con 55 personas a bordo y un importante cargamento de algodón en balas se esfumó en su trayecto, a pleno día, entre los puertos de Vicksburg y Louisville, quince minutos después de haber zarpado del primero de ellos en un viaje rutinario.

 

Nadie pudo encontrar el barco sumergido, ni restos de él, ni siquiera apareció un cadáver, arrastrado por la corriente, ni se vio flotando una sola bala de algodón. Durante sus quince minutos de camino hacia el trágico final de trayecto, el “Iron Mountain “se cruzó con otros barcos, que luego afirmaron no haber observado anormalidad alguna a bordo. Su desaparición debió ser instantánea.

 

Algo parecido le sucedió al buque escuela danés “Kjovenhavn”, cuando abandonaba el puerto de Montevideo, con 59 cadetes en viaje de prácticas. Fue a los pocos minutos cuando la comunicación se interrumpió. Quizá se pudieran haber visto todavía las puntas de sus palos en el horizonte.

 

Pero la totalidad de las desapari­ciones inexplicables, han tenido lugar no cerca de los puer­tos ni en los ríos, sino en el mar abierto, y con preferencia en determinadas zonas que han quedado ya marcadas con el estigma de la tragedia.

 

A pesar de que los casos extraordinarios expuestos de la descripción del vapor del Mississipi, y del buque escuela danés son, en muchos aspectos, únicos. Desapariciones de barcos y aviones se han venido produciendo desde la antigüedad, y sin interrupción, en diferentes puntos del planeta, hasta el extremo que se ha llegado a pensar en que “algo” misterioso favorece tales fenómenos.

 

Existen diferencias, a veces notables, en las características entre unas desapariciones y otras. Es abun­dante la cuenta de los barcos que, al cabo de un cierto tiempo, han reaparecido como si se tratara de barcos fan­tasmas, vacíos y a la deriva, en un trayecto sin rumbo y sin sentido. Otros han desaparecido para siempre y de ellos no se pudo encontrar ni el más leve rastro, ni siquiera una mancha de aceite. Muchos aviones, de diferentes modelos, solos o formando escuadrilla, han sido tragados también por una extraña fuerza, en condiciones de vuelo que en nada podían hacer presagiar ningún tipo de tragedia.

 

El más famoso de los triángulos de la muerte es el de las Bermudas, y no porque dentro de sus contornos se hayan producido más desapariciones inexplicables, sino a causa de que su publicidad ha resultado, desproporcionada­mente mayor que la que los medios de difusión y tos escri­tores, que se ocupan de estos temas, han otorgado a los demás. Esta desproporción, sin embargo, ha provocado que, al centrarse las investigaciones más en un solo lugar, los resultados resulten más esclarecedores, dentro siempre del misterio.

 

Es curioso el hecho de que, obser­vando la situación en la esfera terrestre, los puntos negros se encuentran distribuidos de una manera absolutamente regular, a la misma distancia de la línea del Ecuador, unos por arriba y otros por debajo, guardando entre sí también idéntica separación. Como si por esos lugares, el planeta ejerciera una especie de respiración magnética, que lanzara a los barcos y aviones al abismo del mar, o a las profundi­dades del éter fulminantemente.

 

Bermudas, mar del Diablo en el Japón, Mediterráneo occidental e islas Canarias, Afganistán y golfo Pérsico, polo Norte, Antártida, Australia, Nueva Zelanda, África del Sur, Pacífico norte y Pacífico sur componen la trágica cadena, alrededor de cuyos eslabones las desapariciones misteriosas se producen en una propor­ción enormemente mayor que en todos los demás lugares, en los que, obviamente, ocurren también.

 

Según un informe de las compañías aseguradoras, a las que atañen muy directamente estos “accidentes” inexpli­cables, sólo entre los años 1929 al 54 desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro 222 barcos. Lo que más extraña a estas compañías es que dichos barcos no avisaran en nin­gún caso de la inminencia de peligro, no lanzaran señales de socorro ni comunicación alguna que hiciera posible desentrañar la causa de su siniestro. Entre los años 1970 y 71 fueron 350 barcos los que se fueron a los abismos igno­rados en diferentes mares, también sin dar la más pequeña alarma.

 

Supervivientes, que los ha habido, aunque pocos. coinciden al describir las circunstancias dentro de las cuales el fenómeno se produce como que parece levantarse del mar una neblina, que envuelve al barco hasta el extremo de hacer imposible que sea observado desde fuera. El mar parece hervir y sufre un tipo de agitación especial, un raro oleaje, a la vez que todos los instrumentos magnéticos de navegación, pierden el control y giran como presos de algún torbellino. Aunque los motores continúen funcio­nando a toda máquina, los generadores se agotan y el barco no se mueve, como si algo lo atrajera hacia el abismo.

 

El capitán Don Henry, en 1966, hacia el trayecto Puerto Rico-Fort Lauderdale con su barco “Good News”, arrastrando una gabarra vacía, de 2.500 toneladas de peso. Hacía buen tiempo, el cielo estaba claro y el barco con su remolque navegaba sobre una profundidad de unos 1.100 m. Tras un gran estruendo de origen desconocido, el compás de navegación comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj. Nadie sabía lo qué pasaba pero parecía que el agua se les echaba encima desde todas direcciones. Agua, cielo y horizonte eran una misma cosa. El remolque estaba cubierto por una nube, y el oleaje era más fuerte en torno suyo que en el resto del mar. Los 2.000 caballos de poten­cia del “Good News” tuvieron más fuerza que aquello. El extraño fenómeno fue desapareciendo paulatinamente y todo volvió a ser normal. Esta historia fue contada por los supervivientes de la aventura.

 

Algunos pilotos de aviones, que sobrevivieron a la extraña energía, han contado cómo el avión se iba envol­viendo en un resplandor brillante, que emanaba de él mismo y que comenzaba a notarse sobre las alas, a la vez que los instrumentos de navegación quedaban inservibles, y la nave tomaba un rumbo determinado que no se podía corregir.

 

Algunos autores han relacionado la enigmática energía que traga a los barcos y aviones, en los doce triángulos de la muerte, con la fuerza que impulsa a los ovnis y de la que dependen todas sus características visibles y dinámicas como los cambios de color, invisibilidad y trans­porte a otras dimensiones, entre otras. Cada vez quedan menos dudas de que la energía que produce todos estos fenómenos inexplicables resulta de la interacción de las fuerzas electromagnéticas con la gravedad.

 

En un estudio reciente, David Tansley denomina “PRANA” a esta energía, que surge de los fluidos eléctricos y del espacio, y que desarro­lla una potencia increíble, dando lugar a una serie de energías paralelas y dependientes, motrices, lumínicas, magnéticas, etc., imposibles hasta ahora de mensurar.

 

Las desapariciones de barcos y aviones en el triángulo de las Bermudas, y en los otros once puntos negros, van acompañadas de trastornos del tiempo y del espacio, comportamiento anormal de la gravi­tación, fenómenos todos que escapan al análisis según los principios de la dinámica conocida. Se ha hablado de enormes acumuladores, de espejos y de otros objetos misteriosos procedentes de una tecnología extraterrestre, o de una tecnología perdida de nuestros antepasados.

 

Lo cierto es que las desaparicio­nes de barcos y aviones se producen desde hace mucho tiempo, se incrementan y seguirán siendo noticia y enigma nos tememos que siempre.

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